lunes, 27 de octubre de 2008

Limpiando zapatos

Tengo a menos de 20 centimetros la cara de Lucía comiendo chicle , mientras piensa que de verdad, de verdad de la buena va a seguir viendo gran hermano hasta que se canse. Y el chicle espero que no lo pegue debajo de la mesa de su habitación. No hace caso, sigue en el sillón, desafiante, con la cara de quien piensa que no le va a pasar nunca nada en la vida. Ya llegará todo todo lo que tenga que llegar. Mientras tanto, la protegerán, la protegeremos, llorará, reirá, se enfadará, se cabreará sin motivo alguno, nos cabreará, intentará engañarnos, intentará engañar a alguien más, se engañará sí misma. Todo esto lo escribo mientras ella lo lee, mascando chicle, y creo que no se ha enterado de absolutamente nada de lo que he escrito. Creo que no lo sabe. Pues no sé si es mejor o peor, pero sigue mascando chicle. Algún dia se acabará el chicle. Los chicles se gastan , los chicles pierden sabor. Le acabo de decir que deje de leer lo que estoy escribiendo, y sigue sin enterarse de nada, No ha comprendido una sola palabra del texto que he escrito. Su madre me dice que el raro soy yo, que ella es incapaz de detectar la sutil ironía que destila este texto, que está flipando conmigo, que mejor me callo. Pero el problema no es que no entienda nada de lo que yo escriba. El problema es que no ve los límites de lo personal. Sí los ve en ella, empieza a delimitarse colocando barreras, bastiones de ideas de papel, luces de colores que iluminen su territorio. Pero no ve las puertas y las cerraduras de los demás. Y mi puerta está semiabierta, pero con alguien dentro que está pasando un mal rato, la maldita nicotina y su mono de ferias. Y salto como una ranita joven a la mínima. Y ella no sabe parar. Y me pongo triste, porque me cabreo por nada, pero veo tambien el todo, y quiero que vea, no que mire, que vea. Que las palabras se abran ante ella y que le ayuden a construir escaleras que superen esas barricadas sobre otros. Que su hormona del crecimiento la ofusque lo suficiente para que busque su salida, su escapatoria sin mirar, saltando precipicios de un golpe de tobillo. Pero que use la cabeza para aterrizar en cada salto. Yo le limpiaré los zapatos despúes de cada huida. Unos zapatos bonitos, para mi niña.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Eres un copión ranita pizpireta. Como yo escribo tú escribes. No sufras, si me sigues conseguirás grandes cosas en la vida: Microondas, tostadora, televisor grande que te cagas...

Unas moscas de lejos para ti. Es lo apropiado. No me meto más contigo hasta que no te conozca más. Entonces sí.

 
Cuaaantossss???