Esto me va a costar muchísimo. Una noticia ha hecho que se vuelva la memoria contra mí, haciéndome más dificil mantener la mirada en el monitor. He recordado a alguien. Y lo llamo alguien, porque para mí hay algo en ellos, hay algo que se llama amor. Y eso para mí es más alma que la que proclama un cristiano que existe en él.
No recuerdo cómo ni porqué, pero tras varios amigos, apareció él. Apareció en el peor momento para mí. Creía ser independiente, creía poder rebelarme, creía que no valía nada al mismo tiempo que germinaba odio en semillas de sésamo, de esas que te molestan en esos panecillos absurdos para las hamburguesas. Así me vivía . Y apareció.
Estaba en el pueblo. Allí intentó vivir, lo que pudo. hasta que nos fuimos y volvimos a la capital, a proseguir con nuestras cuitas. Él tenía que venir con nosotros. Y mi padre decidió que no podía ser. La solución fue buscarle un sitio. Su sitio.
Resultó ser una antigua casa de familia fuerte, o casa fuerte, como dicén por aquí. Los dueños la habían abandonado , y una sección de la misma la habían destinado a guardar perros de caza. Habitaciones pequeñas, una ventana, una puerta cerrada. Y allí, encerrados. Y allí...alllí.
Allí. No sé decir más. Mi estado mental me hacía pensar que ir cada dos o tres días a darle agua y comida era un castigo. Abría la puerta. Se lanzaba. Iba a por mí. Saltaba. Ponía la comida y el agua. Y lo volvía a encerrar: de vez en cuando lo sacaba. Y era ingobernable, imposible hacer que volviera. Quería escapar: Y a la vez se alegraba al verme cada vez. Cada vez era su salvador. Y cada vez era su carcelero.
Un domingo que llegué a casa más tarde que el sol, mi padre me conminó a no acostarme." Vamos. Ha muerto. Hay que sacarlo de ahí". ¿A quién?. ¿A quién?. ¿ Porqué me costó recordar?. El muerto era yo. Desde aquel momento, cuando entré en la habitación, y lo vi allí, tendido. Esperaba. Murió de sed. Su dispensador de agua se rompió y hubo dos diás de calor sofocante. Esperaba. Mirando a la ventana. Esperaba a su salvador. Su mirada. Miraba a la ventana, al mismo azul que me da miedo desde pequeño.
Y yo no fui ni hombre ni persona, ni un solo minuto de su estancia en mi vida. No hay día que no me odie hasta el infinito. He sido abyecto. Pido perdón,de la única forma que sé. Pido perdón todos los días. Colocando su nombre donde debió estar, donde está. En mi corazón. Lloro.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario