Mi amigo el Bardo. Se presentó el lunes por la mañana, como siempre, sin avisar y sin madre que le trajo. Para ser sincero, era la primera vez que veía a mis dependencias, pero por comentarios de otros allegados sabía de sus intempestivas arribadas a sus barriadas. Levántate, qué haces aquí ,ven acompáñame que me tengo que ir a trabajar...
¿A trabajar?¿Un Bardo?. La mirada que lanzó como lanza, hizo que mi corazón se acongojara. Pero no podía dejar de atender mis asuntos, así que le conminé a acompañarme, o a quedarse en mi casa esperando mi llegada. Mis gustos por la poesía occitana y su sabiduría versada en las leyendas bretonas me hacían pensar en una bonita velada alrededor de unos espirituosos. Ay, tontuelo, ése no era el camino... los planes, al tonel de madre.
No me acompañó. Es más, a cada paso que daba, el recuerdo de esa mirada de cordero degollado hacía que mi pecho se encogiera cada vez más, y más. Sólo encontré respiro cuando llegué a mi puesto de trabajo. Pasé la mañana ocupado, tomé un aperitivo con amigos y vecinos y regresé a casa para comerme la comida. Y allí estaba: sentado y con cara circunspecta.
Comimos los dos casi sin dirigirnos la palabra. Anuncié mi retirada al reducto de la siesta y él hizo lo mismo, sin mediar palabra. Disfruté del solaz del tálamo robado al día y al terminar, levanté mis carnes hacia la calle, para terminar mi jornada laboral. Salí por la puerta de la casa, ufano y semifeliz, cuando levanté la mirada al balcón de mi casa. Y allí estaba él. Allí estaban las lanzas. Otra vez. Mirando.
Otro viaje a mis responsabilidades encogido de ánimo y corazón. Ya no pude resistir más. Le dije a mi jefa que me dolía mucho el pecho, ella ( toda generosidad y empatía) me ofreció un vehículo para que YO lo condujera. Valiente bastarda. Aún estaba saliendo por la puerta y seguía recordándome mis deberes profesionales del día siguiente. Me fui a Urgencias. Los médicos me dijeron que llevaba un bardo dentro de mí.
Por cierto, me llamó la jefa. Me preguntó "¿Cómo andas? ", sin interesarse si tenía leucemia o faringitis y seguidamente me preguntó por el teléfono de un cliente. Y colgó.
Definitivamente, prefiero a mi Bardo. Pero mucho. Ah, por cierto, se llama Neumotórax.
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